
Según el Diccionario de la lengua española, el miedo es un “sentimiento de angustia ante la proximidad de algún daño real o imaginario”.
El miedo forma parte de las emociones básicas orientadas a promover la propia supervivencia. Este miedo nos alerta sobre peligros inminentes o desconocidos y activa nuestras funciones de adaptación.
El miedo a la oscuridad, más concretamente, es un miedo evolutivo que aparece y desaparece espontáneamente. Todos hemos sentido miedo a la oscuridad en algún momento de nuestra infancia. Alrededor de los 3 años empiezan a aparecer este tipo de miedos durante el día, hasta llegar a los 5 años de edad, en los que el miedo a la oscuridad se produce durante la noche y se vuelve más aversivo para el niño. Aún así no tiene porque ser un miedo patológico. El problema viene cuando este temor es demasiado intenso y llega a incapacitarnos para hacer determinadas cosas que, de no tener el miedo, haríamos sin problemas. Sólo en este caso deberemos preocuparnos y tomar medidas.
En primer lugar, el miedo a la oscuridad estaría englobado dentro del grupo de las fobias específicas. Una fobia es un miedo excesivo e irracional a aquello que se teme.
Cualquier fobia de este tipo se adquiere por un mal aprendizaje. La buena noticia es que todo aquello que aprendemos es susceptible de ser modificado, por lo tanto, si tenemos una información inadecuada instalada en nuestro cerebro, lo que tendremos que hacer será desaprenderla para volver a adquirirla de la manera correcta.
Antes de nada, habría que empezar explicando brevemente el concepto de ansiedad. La ansiedad es una respuesta buena, es adaptativa. Los seres humanos, desde el principio de nuestra especie, hemos reaccionado con ansiedad ante situaciones desconocidas o peligrosas. Es nuestra manera de protegernos, de ponernos a salvo. La ansiedad pone nuestros músculos tensos para que puedan actuar rápidamente, agudiza nuestros sentidos para poder luchar o huir en plenas condiciones, acelera nuestro ritmo cardíaco para que estemos preparados para ponernos en marcha, etc. Por lo tanto, la ansiedad utilizada de una manera correcta, lo único que hace es ayudarnos. El problema viene cuando reaccionamos con ansiedad ante situaciones que realmente no la requieren.
Por ejemplo, si cruzando la calle vemos que un coche se acerca a mucha velocidad, nuestro cuerpo lo que hará será tratar de correr y esquivarlo lo más rápido posible para ponernos a salvo. En esta ocasión, todas las partes de nuestro cuerpo, los músculos, nuestros sentidos, nuestro corazón, etc., tal y como comentábamos antes, se han tensado, agudizado y acelerado, respectivamente, para huir del peligro. La ansiedad ha sido la encargada de hacernos reaccionar en décimas de segundo para poder evitar el atropello, por lo tanto en esta ocasión nos ha sido de gran ayuda, nos ha ayudado a escapar del peligro. Sin embargo, si reaccionáramos de la misma manera, con el mismo grado de ansiedad, ante un niño que se acerca a nosotros con su carricoche, no estaríamos utilizando la ansiedad tan correctamente como en el ejemplo anterior, puesto que un niño con un carricoche no es objetivamente peligroso.
Otro aspecto importante de la ansiedad es que cuando se desencadena sigue una curva, la llamada curva de la ansiedad, es decir, la ansiedad cuando comienza a desencadenarse sube muy rápidamente, que sería la etapa en la que notamos las sensaciones físicas con mucha intensidad, luego, pasado este primer momento, llega a un punto máximo, se estabiliza y comienza a descender. Esto quiere decir que la ansiedad tiene un tope, no sube y sube eternamente, por lo que, al contrario de lo que se suele pensar, no podemos explotar de ansiedad.
Manifestaciones psicológicas más frecuentes del miedo:
- Malestar
- Ganas de escapar
- Tendencia a gritar
- Irritabilidad
- Agresividad
- Sensación de irrealidad
- Percepción espacio-temporal perturbada
- Falta de concentración
- Pensamiento alterado
- Terror
Reacciones físicas al miedo:
- Ritmo cardíaco acelerado
- Sudoración excesiva
- Tensión muscular
- Sequedad de garganta y boca
- Sensación de náusea en el estómago o ganas de vomitar
- Urgencia por ir al baño
- Dificultad para respirar
- Respiración rápida y entrecortada
- Temblores
- Dilatación de las pupilas
- Erizamiento del vello
- Aumento de la presión arterial
TRATAMIENTO
Teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente, procedemos a explicar el tratamiento.
El tratamiento para la fobia a la oscuridad, exactamente igual que el que aplicaríamos para cualquier otra fobia específica, es la exposición, es decir, enfrentarse al miedo, enfrentarse a la oscuridad.
Esta técnica consiste en permanecer en la situación temida el tiempo suficiente como para que la ansiedad disminuya o desaparezca. Una vez hayamos conseguido este propósito, podremos hacer una nueva evaluación de la situación y darnos cuenta de que aquello que temíamos tanto no era en realidad tan peligroso como pensábamos y de que hemos sido capaces de enfrentarnos a ello con éxito, hasta deshacernos por completo de la ansiedad.
A base de repetir una y otra vez estas exposiciones, conseguiremos entrar en la situación temida directamente sin ansiedad. Le habremos ganado la partida a la ansiedad.
Sin embargo, como enfrentarnos a aquella situación que tememos nos resulta tan complicado y nos provoca tanta ansiedad, lo que se propone es hacerlo paso a paso. Lo que haremos será elaborar una jerarquía en la que desglosaremos la situación temida en pasos consecutivos, para posteriormente enfrentarnos a ellos uno a uno, desde el que menos ansiedad nos provoca hasta el más ansioso para nosotros.
Un ejemplo de jerarquía para el miedo a la oscuridad puede ser el siguiente:
1) Permanecer solo en la habitación con la luz del flexo encendida o con una linterna. Empezaremos con 5 minutos e iremos ampliando el tiempo poco a poco hasta llegar a las 2 horas: 10 minutos, 30 minutos, 60 minutos y 120 minutos.
2) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo encendida y la puerta semi- abierta. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
3) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo encendida y la puerta semi- cerrada. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
4) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo encendida y la puerta prácticamente cerrada (no conviene cerrarla del todo). Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
5) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo apagada y la puerta abierta. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
6) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo apagada y la puerta prácticamente cerrada. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
Si empezamos enfrentándonos al paso más fácil, que menos ansiedad nos provoca, y vamos subiendo poco a poco hasta llegar al más complicado, conseguiremos eliminar la ansiedad y nuestro “miedo” a aquello que tememos de una manera menos violenta.
Una vez nos decidamos a exponernos a la situación temida, lo verdaderamente imprescindible es que la persona no escape de la situación antes de que la ansiedad haya disminuido notablemente o desaparecido. Si llegásemos a hacerlo estaríamos reforzando nuestro miedo.
Para facilitar a los niños la exposición a la situación temida, en este caso la exposición a la oscuridad, nos podemos ayudar de juegos. Un juego muy útil, con el que los niños acaban enfrentándose a la oscuridad sin darse apenas cuenta, es el juego de las sombras. Jugaremos con el niño a hacer formas de animales con las manos que se reflejan en la pared. Para ello necesitaremos que haya una mínima luz en la habitación, por lo que estaremos prácticamente a oscuras. Si vamos jugando con el pequeño a ratos cada vez más prolongados, acabará por no sentir ansiedad en la oscuridad.
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El miedo forma parte de las emociones básicas orientadas a promover la propia supervivencia. Este miedo nos alerta sobre peligros inminentes o desconocidos y activa nuestras funciones de adaptación.
El miedo a la oscuridad, más concretamente, es un miedo evolutivo que aparece y desaparece espontáneamente. Todos hemos sentido miedo a la oscuridad en algún momento de nuestra infancia. Alrededor de los 3 años empiezan a aparecer este tipo de miedos durante el día, hasta llegar a los 5 años de edad, en los que el miedo a la oscuridad se produce durante la noche y se vuelve más aversivo para el niño. Aún así no tiene porque ser un miedo patológico. El problema viene cuando este temor es demasiado intenso y llega a incapacitarnos para hacer determinadas cosas que, de no tener el miedo, haríamos sin problemas. Sólo en este caso deberemos preocuparnos y tomar medidas.
En primer lugar, el miedo a la oscuridad estaría englobado dentro del grupo de las fobias específicas. Una fobia es un miedo excesivo e irracional a aquello que se teme.
Cualquier fobia de este tipo se adquiere por un mal aprendizaje. La buena noticia es que todo aquello que aprendemos es susceptible de ser modificado, por lo tanto, si tenemos una información inadecuada instalada en nuestro cerebro, lo que tendremos que hacer será desaprenderla para volver a adquirirla de la manera correcta.
Antes de nada, habría que empezar explicando brevemente el concepto de ansiedad. La ansiedad es una respuesta buena, es adaptativa. Los seres humanos, desde el principio de nuestra especie, hemos reaccionado con ansiedad ante situaciones desconocidas o peligrosas. Es nuestra manera de protegernos, de ponernos a salvo. La ansiedad pone nuestros músculos tensos para que puedan actuar rápidamente, agudiza nuestros sentidos para poder luchar o huir en plenas condiciones, acelera nuestro ritmo cardíaco para que estemos preparados para ponernos en marcha, etc. Por lo tanto, la ansiedad utilizada de una manera correcta, lo único que hace es ayudarnos. El problema viene cuando reaccionamos con ansiedad ante situaciones que realmente no la requieren.
Por ejemplo, si cruzando la calle vemos que un coche se acerca a mucha velocidad, nuestro cuerpo lo que hará será tratar de correr y esquivarlo lo más rápido posible para ponernos a salvo. En esta ocasión, todas las partes de nuestro cuerpo, los músculos, nuestros sentidos, nuestro corazón, etc., tal y como comentábamos antes, se han tensado, agudizado y acelerado, respectivamente, para huir del peligro. La ansiedad ha sido la encargada de hacernos reaccionar en décimas de segundo para poder evitar el atropello, por lo tanto en esta ocasión nos ha sido de gran ayuda, nos ha ayudado a escapar del peligro. Sin embargo, si reaccionáramos de la misma manera, con el mismo grado de ansiedad, ante un niño que se acerca a nosotros con su carricoche, no estaríamos utilizando la ansiedad tan correctamente como en el ejemplo anterior, puesto que un niño con un carricoche no es objetivamente peligroso.
Otro aspecto importante de la ansiedad es que cuando se desencadena sigue una curva, la llamada curva de la ansiedad, es decir, la ansiedad cuando comienza a desencadenarse sube muy rápidamente, que sería la etapa en la que notamos las sensaciones físicas con mucha intensidad, luego, pasado este primer momento, llega a un punto máximo, se estabiliza y comienza a descender. Esto quiere decir que la ansiedad tiene un tope, no sube y sube eternamente, por lo que, al contrario de lo que se suele pensar, no podemos explotar de ansiedad.
Manifestaciones psicológicas más frecuentes del miedo:
- Malestar
- Ganas de escapar
- Tendencia a gritar
- Irritabilidad
- Agresividad
- Sensación de irrealidad
- Percepción espacio-temporal perturbada
- Falta de concentración
- Pensamiento alterado
- Terror
Reacciones físicas al miedo:
- Ritmo cardíaco acelerado
- Sudoración excesiva
- Tensión muscular
- Sequedad de garganta y boca
- Sensación de náusea en el estómago o ganas de vomitar
- Urgencia por ir al baño
- Dificultad para respirar
- Respiración rápida y entrecortada
- Temblores
- Dilatación de las pupilas
- Erizamiento del vello
- Aumento de la presión arterial
TRATAMIENTO
Teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente, procedemos a explicar el tratamiento.
El tratamiento para la fobia a la oscuridad, exactamente igual que el que aplicaríamos para cualquier otra fobia específica, es la exposición, es decir, enfrentarse al miedo, enfrentarse a la oscuridad.
Esta técnica consiste en permanecer en la situación temida el tiempo suficiente como para que la ansiedad disminuya o desaparezca. Una vez hayamos conseguido este propósito, podremos hacer una nueva evaluación de la situación y darnos cuenta de que aquello que temíamos tanto no era en realidad tan peligroso como pensábamos y de que hemos sido capaces de enfrentarnos a ello con éxito, hasta deshacernos por completo de la ansiedad.
A base de repetir una y otra vez estas exposiciones, conseguiremos entrar en la situación temida directamente sin ansiedad. Le habremos ganado la partida a la ansiedad.
Sin embargo, como enfrentarnos a aquella situación que tememos nos resulta tan complicado y nos provoca tanta ansiedad, lo que se propone es hacerlo paso a paso. Lo que haremos será elaborar una jerarquía en la que desglosaremos la situación temida en pasos consecutivos, para posteriormente enfrentarnos a ellos uno a uno, desde el que menos ansiedad nos provoca hasta el más ansioso para nosotros.
Un ejemplo de jerarquía para el miedo a la oscuridad puede ser el siguiente:
1) Permanecer solo en la habitación con la luz del flexo encendida o con una linterna. Empezaremos con 5 minutos e iremos ampliando el tiempo poco a poco hasta llegar a las 2 horas: 10 minutos, 30 minutos, 60 minutos y 120 minutos.
2) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo encendida y la puerta semi- abierta. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
3) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo encendida y la puerta semi- cerrada. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
4) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo encendida y la puerta prácticamente cerrada (no conviene cerrarla del todo). Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
5) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo apagada y la puerta abierta. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
6) Permanecer solo en la habitación a oscuras, con la luz del pasillo apagada y la puerta prácticamente cerrada. Haremos exactamente igual con el tiempo, lo iremos ampliando poco a poco.
Si empezamos enfrentándonos al paso más fácil, que menos ansiedad nos provoca, y vamos subiendo poco a poco hasta llegar al más complicado, conseguiremos eliminar la ansiedad y nuestro “miedo” a aquello que tememos de una manera menos violenta.
Una vez nos decidamos a exponernos a la situación temida, lo verdaderamente imprescindible es que la persona no escape de la situación antes de que la ansiedad haya disminuido notablemente o desaparecido. Si llegásemos a hacerlo estaríamos reforzando nuestro miedo.
Para facilitar a los niños la exposición a la situación temida, en este caso la exposición a la oscuridad, nos podemos ayudar de juegos. Un juego muy útil, con el que los niños acaban enfrentándose a la oscuridad sin darse apenas cuenta, es el juego de las sombras. Jugaremos con el niño a hacer formas de animales con las manos que se reflejan en la pared. Para ello necesitaremos que haya una mínima luz en la habitación, por lo que estaremos prácticamente a oscuras. Si vamos jugando con el pequeño a ratos cada vez más prolongados, acabará por no sentir ansiedad en la oscuridad.
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