
¿CÓMO SURGEN LOS CELOS?
Para entender como aparece la conducta celosa en el niño debemos entender primero el concepto de apego.
La conducta de apego es un lazo afectivo fuerte que sentimos hacia personas especiales en nuestras vidas que nos lleva a sentir placer y alegría cuando interactuamos con ellos y nos alivia su cercanía en momentos de estrés.
Según la Teoría Etológica de Bowlby, hacia la segunda mitad del primer año de vida, el niño establece un lazo emocional hacia un cuidador conocido (generalmente la madre) como una respuesta evolutiva que facilita su supervivencia.
La calidad de este apego será de gran importancia para el desarrollo de la futura personalidad del niño.
Pues bien, los celos infantiles surgen precisamente ante las amenazas, erróneas o no, que el niño percibe respecto de la vinculación afectiva con su madre. De repente, el niño ve peligrar esa relación especial que tiene con uno de sus progenitores y expresa su temor a ser abandonado o a perder para siempre la figura de apego que, justo hasta este momento, le había servido para su desarrollo personal y que todavía le resulta imprescindible.
El afecto de la madre es lo que hace que el niño se sienta valioso, por lo tanto, cuando el pequeño ve peligrar ese afecto no es extraño que piense “si ya no me quiere es porque voy a dejar de ser valioso”. Esta interpretación es la causante del sentimiento de inseguridad y de abandono en el niño. Todo esto puede desembocar en conductas regresivas, como volver a hacerse pipí en la cama, chuparse el dedo, etc., y en conductas que pueden llegar a volverse agresivas contra la propia madre y contra el nuevo miembro de la familia.
Sin embargo, no todas las conductas celosas que presentan los niños pueden considerarse patológicas. Los celos son un sentimiento muy frecuente entre los más pequeños, y en muchas ocasiones nos encontramos ante celos evolutivos, propios de la edad, que desaparecen espontáneamente. Para que los celos sean motivo de preocupación deben alterar la convivencia y el desarrollo normal del niño o ser persistentes. Si se perpetúan pueden conducir a un desarrollo anómalo de la personalidad, pudiendo aparecer agresividad, inseguridad, conductas regresivas y problemas en las relaciones sociales.
Cambios en el comportamiento:
- Incremento de la desobediencia
- Más llorones y tercos
- Irritables y nerviosos
- Agresividad creciente dirigida al principio contra la madre y posteriormente contra el hermano
- Retraimiento que desemboca en relación hostil con el hermano
- Afectuosidad excesiva hacia el bebé.
Conductas infantiles:
- Se chupa el dedo
- Vuelve a hacerse pipi o caca encima
- Utiliza de nuevo el "lenguaje bebé"
- Vuelven las rabietas
- Cambios en el sueño
- Se incrementa las conductas rituales
Los celos más comunes son los que presenta un niño pequeño ante la llegada de un hermanito, sin embargo, existen otras clases de celos, como los celos del hermano pequeño hacia el mayor, por atribuirle más y mejores capacidades o porque los padres delegan en él gran autoridad; los celos de un hijo hacia uno de los padres por verlo competición directa por el cariño del otro progenitor; los celos de un niño hacia otros niños de edades parecidas a los que sus padres también prestan atención, como primos, hijos pequeños de amigos cercanos, etc.
¿CÓMO PODEMOS TRATAR LOS CELOS?
- Preparar al niño para la llegada de un hermanito: hacerle partícipe de la nueva situación y tranquilizarle diciéndole que no le vamos a dejar de querer.
Una manera de entrar con buen pie en esta situación es comprarle un regalo al hermano mayor y dárselo en el nacimiento del menor diciéndole “mira lo que ha traído para ti tu hermanito”.
- Intentar cambiar lo menos posible la rutina del niño: es evidente que un recién nacido trastoca la rutina familiar y necesita de muchos y frecuentes cuidados, sin embargo, esto debe afectar mínimamente al hijo mayor. Deberemos mantener su hora del baño, la hora de irse a la cama, las horas de las comidas, sus horas de juego con y sin los padres, etc.
- No hacer comparaciones entre hermanos: si el niño se siente en continua evaluación provocaremos cierta inseguridad en él y una disminución de su autoestima.
- No amenazar al niño con retirarle nuestro cariño: las típicas frases de “si no te portas bien, la mamá no te va a querer” pueden provocar en el niño sentimientos de culpabilidad, inferioridad y miedo al abandono.
- No cambiar el estilo educativo de los padres a un estilo más permisivo: en muchas ocasiones los padres se tornan más permisivos con el hijo mayor para compensar la disminución de atención, sin embargo, la forma de educar no debe cambiar. Por ejemplo, si hasta ahora no habíamos dejado que nuestro hijo durmiera en nuestra cama, ahora seguiremos insistiendo en que duerma solo.
- Reforzar las conductas adecuadas del niño y extinguir las inadecuadas: ante conductas regresivas o agresivas del niño, aplicaremos los principios de la Psicología Cognitivo – Conductual para la modificación de conducta, es decir, reforzaremos positivamente las conductas adecuadas que haga el niño y extinguiremos o castigaremos (costo de respuesta) las conductas inadecuadas.
- Si el niño tiene ya una determinada edad, 4 o 5 años, podemos fomentar en él el rol de cuidador. Si le adjudicamos ciertas tareas de cuidado con respecto a su hermano pequeño puede que deje de verlo como rival y empiece a sentirse responsable y orgulloso de su bienestar.
- No exigir cambios bruscos en el desarrollo evolutivo del niño: a pesar de haber llegado a la familia un nuevo miembro de menor edad, seguimos teniendo otro hijo pequeño. Nuestro niño no ha crecido de golpe por haber tenido un hermano pequeño, por lo que seguiremos tratándolo de acuerdo a su edad, sin exigirle responsabilidades más allá de las adecuadas para sus años.
- Fomentar la cooperación no la competitividad entre hermanos: plantear actividades en las que ambos necesiten la colaboración del otro para conseguir un objetivo. Por ejemplo, “si recogéis la mesa entre los dos os dejo ver los dibujos”. Tras conseguir la cooperación de ambos, conviene reforzar lo bien que hacen las cosas cuando se ayudan mutuamente.
- Establecer el “tiempo de (hijo mayor)”: buscar un ratito al día en el que poder disfrutar de la compañía de nuestro hijo de manera exclusiva. Puede bastar con 10 – 15 minutos. En este tiempo el niño verá que no peligra el cariño de sus padres y se sentirá querido y valioso.
- Intervenir lo menos posible en las discusiones entre hermanos, únicamente si detectamos agresividad física. Que haya discusiones entre hermanos no es problemático, todos los hermanos se pelean alguna vez. Incluso les vendrá bien para aprender a resolver conflictos por sí mismos.
o Ante comentarios negativos del mayor hacia el pequeño aplicaremos la extinción.
o Ante conductas agresivas aplicaremos el tiempo fuera.
o No castigar ni reñir al niño.
- Crear un clima familiar agradable -->“hacer familia”:
• Propiciar afecto y compartir acontecimientos: fomentar la expresión sincera de sentimientos y emociones.
• Jugar a juegos de mesa, planificar excursiones o viajes, etc., en los que todos participen.
• Favorecer las tertulias y las sobremesas…
CONCLUSIONES
En la mayoría de las situaciones en las que se detectan conductas celosas, éstas pueden considerarse como comportamientos evolutivos, respuestas propias de la edad y debemos entender la aparición de estos “miedos” como un proceso de adaptación y maduración en la evolución normal de niños y niñas.
Una vez consideradas estas conductas celosas como problemáticas, por ser exageradas o demasiado prolongadas en el tiempo, sería conveniente recurrir a la ayuda de un profesional.
El papel de los padres es fundamental, deben transmitir a sus hijos seguridad y afecto, para que de esta manera los celos vayan dando paso a una relación amistosa entre hermanos. Fomentar la cooperación y crear un clima familiar participativo y comunicativo contribuirá a que la rivalidad entre hermanos vaya desapareciendo progresivamente.
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Para entender como aparece la conducta celosa en el niño debemos entender primero el concepto de apego.
La conducta de apego es un lazo afectivo fuerte que sentimos hacia personas especiales en nuestras vidas que nos lleva a sentir placer y alegría cuando interactuamos con ellos y nos alivia su cercanía en momentos de estrés.
Según la Teoría Etológica de Bowlby, hacia la segunda mitad del primer año de vida, el niño establece un lazo emocional hacia un cuidador conocido (generalmente la madre) como una respuesta evolutiva que facilita su supervivencia.
La calidad de este apego será de gran importancia para el desarrollo de la futura personalidad del niño.
Pues bien, los celos infantiles surgen precisamente ante las amenazas, erróneas o no, que el niño percibe respecto de la vinculación afectiva con su madre. De repente, el niño ve peligrar esa relación especial que tiene con uno de sus progenitores y expresa su temor a ser abandonado o a perder para siempre la figura de apego que, justo hasta este momento, le había servido para su desarrollo personal y que todavía le resulta imprescindible.
El afecto de la madre es lo que hace que el niño se sienta valioso, por lo tanto, cuando el pequeño ve peligrar ese afecto no es extraño que piense “si ya no me quiere es porque voy a dejar de ser valioso”. Esta interpretación es la causante del sentimiento de inseguridad y de abandono en el niño. Todo esto puede desembocar en conductas regresivas, como volver a hacerse pipí en la cama, chuparse el dedo, etc., y en conductas que pueden llegar a volverse agresivas contra la propia madre y contra el nuevo miembro de la familia.
Sin embargo, no todas las conductas celosas que presentan los niños pueden considerarse patológicas. Los celos son un sentimiento muy frecuente entre los más pequeños, y en muchas ocasiones nos encontramos ante celos evolutivos, propios de la edad, que desaparecen espontáneamente. Para que los celos sean motivo de preocupación deben alterar la convivencia y el desarrollo normal del niño o ser persistentes. Si se perpetúan pueden conducir a un desarrollo anómalo de la personalidad, pudiendo aparecer agresividad, inseguridad, conductas regresivas y problemas en las relaciones sociales.
Cambios en el comportamiento:
- Incremento de la desobediencia
- Más llorones y tercos
- Irritables y nerviosos
- Agresividad creciente dirigida al principio contra la madre y posteriormente contra el hermano
- Retraimiento que desemboca en relación hostil con el hermano
- Afectuosidad excesiva hacia el bebé.
Conductas infantiles:
- Se chupa el dedo
- Vuelve a hacerse pipi o caca encima
- Utiliza de nuevo el "lenguaje bebé"
- Vuelven las rabietas
- Cambios en el sueño
- Se incrementa las conductas rituales
Los celos más comunes son los que presenta un niño pequeño ante la llegada de un hermanito, sin embargo, existen otras clases de celos, como los celos del hermano pequeño hacia el mayor, por atribuirle más y mejores capacidades o porque los padres delegan en él gran autoridad; los celos de un hijo hacia uno de los padres por verlo competición directa por el cariño del otro progenitor; los celos de un niño hacia otros niños de edades parecidas a los que sus padres también prestan atención, como primos, hijos pequeños de amigos cercanos, etc.
¿CÓMO PODEMOS TRATAR LOS CELOS?
- Preparar al niño para la llegada de un hermanito: hacerle partícipe de la nueva situación y tranquilizarle diciéndole que no le vamos a dejar de querer.
Una manera de entrar con buen pie en esta situación es comprarle un regalo al hermano mayor y dárselo en el nacimiento del menor diciéndole “mira lo que ha traído para ti tu hermanito”.
- Intentar cambiar lo menos posible la rutina del niño: es evidente que un recién nacido trastoca la rutina familiar y necesita de muchos y frecuentes cuidados, sin embargo, esto debe afectar mínimamente al hijo mayor. Deberemos mantener su hora del baño, la hora de irse a la cama, las horas de las comidas, sus horas de juego con y sin los padres, etc.
- No hacer comparaciones entre hermanos: si el niño se siente en continua evaluación provocaremos cierta inseguridad en él y una disminución de su autoestima.
- No amenazar al niño con retirarle nuestro cariño: las típicas frases de “si no te portas bien, la mamá no te va a querer” pueden provocar en el niño sentimientos de culpabilidad, inferioridad y miedo al abandono.
- No cambiar el estilo educativo de los padres a un estilo más permisivo: en muchas ocasiones los padres se tornan más permisivos con el hijo mayor para compensar la disminución de atención, sin embargo, la forma de educar no debe cambiar. Por ejemplo, si hasta ahora no habíamos dejado que nuestro hijo durmiera en nuestra cama, ahora seguiremos insistiendo en que duerma solo.
- Reforzar las conductas adecuadas del niño y extinguir las inadecuadas: ante conductas regresivas o agresivas del niño, aplicaremos los principios de la Psicología Cognitivo – Conductual para la modificación de conducta, es decir, reforzaremos positivamente las conductas adecuadas que haga el niño y extinguiremos o castigaremos (costo de respuesta) las conductas inadecuadas.
- Si el niño tiene ya una determinada edad, 4 o 5 años, podemos fomentar en él el rol de cuidador. Si le adjudicamos ciertas tareas de cuidado con respecto a su hermano pequeño puede que deje de verlo como rival y empiece a sentirse responsable y orgulloso de su bienestar.
- No exigir cambios bruscos en el desarrollo evolutivo del niño: a pesar de haber llegado a la familia un nuevo miembro de menor edad, seguimos teniendo otro hijo pequeño. Nuestro niño no ha crecido de golpe por haber tenido un hermano pequeño, por lo que seguiremos tratándolo de acuerdo a su edad, sin exigirle responsabilidades más allá de las adecuadas para sus años.
- Fomentar la cooperación no la competitividad entre hermanos: plantear actividades en las que ambos necesiten la colaboración del otro para conseguir un objetivo. Por ejemplo, “si recogéis la mesa entre los dos os dejo ver los dibujos”. Tras conseguir la cooperación de ambos, conviene reforzar lo bien que hacen las cosas cuando se ayudan mutuamente.
- Establecer el “tiempo de (hijo mayor)”: buscar un ratito al día en el que poder disfrutar de la compañía de nuestro hijo de manera exclusiva. Puede bastar con 10 – 15 minutos. En este tiempo el niño verá que no peligra el cariño de sus padres y se sentirá querido y valioso.
- Intervenir lo menos posible en las discusiones entre hermanos, únicamente si detectamos agresividad física. Que haya discusiones entre hermanos no es problemático, todos los hermanos se pelean alguna vez. Incluso les vendrá bien para aprender a resolver conflictos por sí mismos.
o Ante comentarios negativos del mayor hacia el pequeño aplicaremos la extinción.
o Ante conductas agresivas aplicaremos el tiempo fuera.
o No castigar ni reñir al niño.
- Crear un clima familiar agradable -->“hacer familia”:
• Propiciar afecto y compartir acontecimientos: fomentar la expresión sincera de sentimientos y emociones.
• Jugar a juegos de mesa, planificar excursiones o viajes, etc., en los que todos participen.
• Favorecer las tertulias y las sobremesas…
CONCLUSIONES
En la mayoría de las situaciones en las que se detectan conductas celosas, éstas pueden considerarse como comportamientos evolutivos, respuestas propias de la edad y debemos entender la aparición de estos “miedos” como un proceso de adaptación y maduración en la evolución normal de niños y niñas.
Una vez consideradas estas conductas celosas como problemáticas, por ser exageradas o demasiado prolongadas en el tiempo, sería conveniente recurrir a la ayuda de un profesional.
El papel de los padres es fundamental, deben transmitir a sus hijos seguridad y afecto, para que de esta manera los celos vayan dando paso a una relación amistosa entre hermanos. Fomentar la cooperación y crear un clima familiar participativo y comunicativo contribuirá a que la rivalidad entre hermanos vaya desapareciendo progresivamente.
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